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La diversidad cultural de Panamá se expresa en múltiples formas, como las facetas centelleantes de una gema. Música, danza, artesanía, plástica, ritos y creencias religiosas hacen parte de la vida cotidiana del país, como una muestra del rico e intrincado tejido cultural del país. En épocas especiales y festividades -como Carnavales, ferias y fiestas patronales de los poblados- se desborda el espíritu alegre de la población y el ambiente se llena de los ritmos musicales, danzas y jolgorios que caracterizan a los panameños. En las poblaciones del interior se pueden apreciar las expresiones tradicionales de la cultura, entre ellas las danzas de complejos movimientos, los hermosos vestidos y la música vernacular, alegre y rítmica.
La urdimbre cultural de Panamá, producto de su condición de país de paso, es excepcional. Indígenas, negros, criollos, europeos, judíos, indostanes, árabes y chinos conviven en armonía y paz, en esta tierra que abrió sus puertas a los que llegaron y ofreció su corazón a los que se quedaron. Todas estas razas, con sus tradiciones y creencias, forman también parte del patrimonio cultural de esta pequeña franja de tierra en la que encontraron un nuevo hogar, y todas ellas han contribuido a formar la particular manera de ser de los panameños, abierta y desenfadada.
Las playas de Panamá brindan el entorno ideal para la diversión y el relajamiento, ofreciendo al visitante un mundo de sensaciones maravillosas.  Puede disfrutar de una caminata mañanera bajo el sol ascendente, sintiendo las caricias la suave brisa y el arrullo de las olas que tejen encajes de espuma sobre la arena. O en el tranquilo atardecer, mirando el horizonte donde el azul del mar se funde con la llamarada de violetas y naranjas que va dejando el sol poniente en el cielo del trópico. Las aguas cálidas y cristalinas son una invitación a sumergirse en ellas, dejándose mecer por el vaivén de las olas tranquilas.
En los mares de Panamá florece la vida en un estallido de color. En ambas vertientes marinas -Pacífico y Caribe- los arrecifes coralinos sostienen una impresionante biodiversidad que ofrece a la vista un espectáculo de indescriptible belleza. Son lugares protegidos en los que se puede practicar la actividad de buceo, ya sea con esnórquel o con tanques, ofreciendo al visitante la oportunidad de descubrir ante sus ojos la belleza de los corales, peces de colores y diseños inimaginables, y la majestuosidad del paisaje de los fondos marinos.
Las costas de Panamá también ofrecen áreas en las que las olas imponen su fuerza y su bravura. Sitios privilegiados que hacen las delicias de quienes se desplazan sobre la cresta de las olas, manteniendo el equilibrio encima de las famosas tablas de surf. En Panamá hay playas apropiadas para este deporte extremo en el Caribe y en el Pacífico, pero es en la costa pacífica en donde se encuentran los lugares preferidos por los surfistas, en los que se realizan competiciones nacionales e internacionales.
Para quienes prefieren mayor tranquilidad y comodidad, existen paseos marinos en canoas, cayacs, botes, yates y veleros. En ellos se puede disfrutar los relajantes paisajes de mar, mientras se regocija con las caricias de la refrescante brisa marina y los rayos de un sol vivificante. También se pueden hacer paseos marinos por senderos entre espesos bosques de manglares, que resultan una experiencia única.

El reducido grupo de los Bri-Bri habita en comunidades aisladas de la región noroeste del país, en la vertiente caribeña.

Viven en clanes familiares determinados por el linaje matriarcal, y se alimentan principalmente de la pesca, la cacería y la agricultura.

Su forma de vida y su entorno les ha mantenido alejados de la civilización, por lo cual conservan intactas su cultura y su visión del cosmos.

Hablan su lenguaje propio y mantienen sus creencias espirituales, basadas en su dios, Sibu, al que ofrecen ritos que acompañan de una bebida sagrada que extraen del cacao, su principal cultivo.

La población Naso, unos 3,500 individuos, habitan en comunidades aisladas de la jungla montañosa del occidente de Bocas del Toro.

Allí, profundamente identificados con el río que ellos llamaron “agua de la madre tierra” (Teribe, en su propia lengua), han luchado para sobrevivir de manera autónoma, agrupados en clanes familiares dirigidos por su propio rey o monarca.

Practican la medicina botánica y viven de sus cultivos y crías de animales domésticos, así como de la venta de sus artesanías, que llevan a las ciudades localizadas río abajo, utilizando como medio de transporte las canoas que ellos mismos tallan a partir del tronco de un árbol.

El grupo Ngäbe habita las remotas regiones de la cordillera central, en tierras vecinas al Volcán Barú.

Su territorio comarcal, que comparten con los Buglé, abarca tres provincias. Casi nómadas, su numerosa población de unos 170 mil individuos vive en pequeñas comunidades formadas principalmente por clanes familiares.

Son guerreros legendarios de gran fiereza y todavía muestran su valentía en combates amistosos y en el juego de la “balsería”.

Sus mujeres llevan un vistoso vestido amplio -nagua- bellamente adornado, que complementan con bolsos de fibra vegetal tejida con diseños geométricos, conocidos como “chácaras”.

El grupo indígena Buglé habita el mismo territorio comarcal de la etnia Ngäbe, por lo que usualmente se habla de los Ngäbe-Buglé. Sin embargo son dos grupos distintos que hablan lenguas diferentes. Menos numerosos que sus vecinos, sus pequeños poblados se encuentran ubicados principalmente en las tierras situadas al sur de la comarca. Según las historias que se han transmitido oralmente a lo largo de generaciones, los antepasados de los buglé llegaron a esas tierras cuando los hombres aún tenían alas para volar. Se supone que su lengua proviene del grupo pre-colombino Bogotá o Bokotá, pero su origen histórico permanece en el misterio.
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